martes, 29 de noviembre de 2011


Regreso al espacio abandonado, las teclas han olvidado su vigor. Cavilo consideraciones nocturnas. Todas las noches son las mismas. Todas las noches el humo es distinto. Todas las estrellas esperan amanecer. Todo muere, las estrellas y los soles. El gallo de siempre no canta al amanecer. Hay caminos indomables, abismos profundos, juegos peligrosos. Decenas de libros tengo regados en la habitación. En uno de ellos, pequeño, azul, de Poe, traducción de un argentino, Julio se llama, leo:

El máximo grado de la reflexión se ve puesto a prueba por el modesto juego de damas en forma más intensa y beneficiosa que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez. En este último, donde las piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que sólo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada insólito) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si ésta cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una pérdida o la derrota. 
El jugador de damas sabe que los caminos, los abismos y los juegos, indomables, profundos, peligrosos, pueden terminarse con una jugada sencilla, con la economía más mínima, con el contragolpe más claro. El ajedrecista, en cambio, debe mantener implacable vigilancia; distraerse sería sencillo, sería su muerte. 

Esta noche que desearía distinta, este gallo que sin certeza insiste y canta a una noche que parece día, saben que el que escribe desea olvidarlos. Desea saber que los juegos del pasado han terminado. 

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