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jueves, 25 de agosto de 2011

Fútbol, hinchas y estadios


Qué cosas, hasta planeado parece. Dos entradas atrás comentaba, tristemente, la interrupción histórica de un partido de fútbol a causa de una terrible balacera (ver tercer video de la entrada referida) que, está dejando ecos profundos en la cancha, en las gradas, en los jugadores, en la afición, en los televidentes, en los que no lo vieron en vivo pero nos enteramos y sobre todo en los que ni lo vieron ni se enteraron pero viven la guerra cotidianamente. La entrada de abajo sigue golpeando con su potencia. En esta (la que lee usted) se me antojó exhumar, algunas cositas, del antes presentado cementerio.

Aquí Eduardo Galeano contando "¿El opio de los pueblos?", "El hincha" y "El estadio". La exhumación se realizó de los panteones de una recopilación y selección de textos disponibles en distintas páginas web; la mayoría incluídos en el libro «El fútbol a sol y sombra» más otros artículos referidos al fútbol aparecidos en varios medios periodísticos de Galeano hecha por el quizás extinto «Para leer por e@mail» «»

En fin, aquí la exhumación que pretende ser un botón de muestra para que lo pidan o consigan:



¿El opio de los pueblos? 



¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que de el tienen muchos intelectuales.

jueves, 31 de marzo de 2011

La próxima vez, Paco Ignacio Taibo II. Octavio Paz a moneda

Con motivo de los 20 años de la entrega del Nobel de Literatura a Octavio Paz, el Banco de México anunció la emisión de monedas "conmemorativas" con valor de $20 pesotes con el rostro del mencionado escritor. Al escuchar esta situación, se me vinieron dos cosas a la cabeza: la primera (el orden no importa), es que me parecerá gracioso comprar productos vicio dando como moneda al "laureado poeta"; y la segunda, fue un cuento de Paco Ignacio Taibo II, uno de mis escritores favoritos, del cual les hablaré luego, en el que se hace referencia a Paaaz!. Según Taibo, el cuento fue escrito para una lectura colectiva en una posada de 1992. Sepa Dios cómo y quiénes estaban en la posada. En fin, el cuento es este: 

La próxima vez
Paco Ignacio Taibo II


A Carlos Montemayor Ávila lo habían corrido de tres posadas por andar enseñando el pito mientras bailaba «Sopa de Caracol» trepado en una mesa.
—Ni me lo saqué bien del todo, ni era una mesa en la última, era arriba del refri —decía tratandose de disculparse cuando su cuate el Dientes le pedía cuentas por desmanes tan pendejos en la entrada del metro General Anaya. El frío pelaba los dientes y ni siquiera los alcoholes que se habían tomado antes de que los sacaran a chingadazos de cada una de las fiestas amortiguaba la helada que traspasaba la chamarra nueva de Carlos y el jorongo del Dientes, quien insistía en vestirse folk a pesar de que el sexernio de Echeverría y los delirios indigenistas de la antropología mexicana estaban enterrados en el profundo pasado.
—¿Ya no te sabes otra fiesta? —preguntó Carlos, que normalmente no era tan obsesivo, pero al que habían corrido esa mañana de su trabajo de burócrata en el Consejo para la Cultura y las Artes por decir a gritos en un elevador, con los compañeros de viaje equivocados, que Octavio Paz era fresa y que ese Consejo se había llenado de señoritas de escuela de monja, afrancesados, polkos y lagartijos.
—Me queda una pinche dirección, mano, pero si te pones de pinche necio va a valer madre igual que las otras —respondió el Dientes, que desde su empleo en la sección cultural de El Día controlaba todas las posadas, las fiestas de graduación y hasta los cumpleaños de todas las secretarias del DF.
    Estaba corriendo un frío necio y cortante y Carlos se hallaba convencido que esta ciudad era esencialmente ingrata, que era mucho mejor ser poeta laureado en Pachuca, que había cometido un error básico en su vida, consistente en vender los puercos del rancho de su jefe para conquistar el DF, y que la tristeza lo estaba invadiendo.
—Me voy a controlar, me cae de madre. Ya no lo voy a hacer... Es que me da un pinche arranque de locura.
—¿Por qué no haces otras cosas, mano? Canta rancheras, lígate a la esposa del güey de la fiesta... pero eso de subirte a una mesa y enseñarles la verga, ¿qué pinche caso tiene?
—Ninguno.
    Hacía menos frío en los vagones naranja, que surcaban la ciudad bajo tierra como barcos de luz galáctica.
    Desembarcaron en el metro Insurgentes y cruzaron como náufragos por el norte de la colonia Roma.
    Por el camino, el Dientes repasó la estrategia:
—Llegamos, saludamos, te sientas en un pinche sillón con una cubeta en la mano, te la bebes de a poco. Te calmas. Si te dan ganas de subirte a una mesa te controlas. Y sí te dan muchas ganas, nomás te fijas en lo que yo estoy haciendo y haces lo mismo. Y ya si no aguantas, te subes a la pinche mesa y recitas un pinche poema de Amado Nervo, pero no te sacas la pinche corneta ahí en medio... ¿Sale?
    Carlos asintió cabizbajo.
    Y todo iba bien hasta que les abrió la puerta el dueño de la casa, y la música de Pink Floyd los golpeó en las caras como una vaharada, el Dientes se escurrió hacia el interior de la parranda. Carlos miró al anfitrión fijamente y reconoció al chaparro subdirector de un suplemento cultural que le había rechazado durante meses sistemáticamente todos sus poemas y que además era jefe de manzana priísta. Ahí mismo y sin dilación, se bajó el ziper y comenzó a bailar «Sopa de caracol» con fondo de The Wall mientras se la sacaba. Le dieron con la puerta en las narices.
    Ya sin boletos del metro, caminando en el frío hacia su cuarto de azotea en la Escandón, Carlos Montemayor Ávila comenzó a cantar a Cuco Sánchez:

Sólo tu sombra fatal,
sombra del mal,
me sigue por dondequiera
con obstinación.

No desafinaba. Un vendedor de lotería le brindó un cálido aplauso. Pasaron dos fantasmas en calesa, en la glorieta de Río de Janeiro bailó un vals con una adolescente etérea, un montón de pájaros muertos por el somg resucitaron y levantaron el vuelo cuando cruzaba por Insurgentes.
—Casi me la mocho al subirme la bragueta —dijo en voz alta—. La próxima vez les enseño el fundillo.




El cuento yo lo leí en Sólo tu sombra fatal, que reúne catorce cuentos y tres novelas cortas de Taibo, está publicado bajo el sello Ediciones B.

jueves, 10 de marzo de 2011

Sexo Nintendo

Guillermo Fadanelli

Hace poco más de un año, cuando los políticos se drogaban en sus propias palabras celebrando las vísperas  de un país rico, decidí mudarme al centro de la ciudad. Pensaba que esa ciudad iba a desaparecer y que sus aglomeraciones monstruosas iban a colapsarse y a fluir como escombros por las arterias de una gigantesca coladera. Quería estar aquí cuando esto sucediera.

     Pronto me di cuenta que la espera de un final era en sí misma una falacia, vivíamos más bien una especie de sopor colectivo: el sentimiento de que el final había sucedido hacía ya mucho tiempo flotaba en el aire ennegrecido de las calles, sobre las aceras percudidas y las espaldas de los muertos que sonreían con sus dientes blancos y refulgentes.

     Esa visión apocalíptica de mi propia ciudad era un recurso estético; desligado de cualquier tipo de responsabilidad, rescataba lo único de lo que al parecer quedaba de esta despiadada concentración urbana: el placer de su muerte. No había en ello tragedia sino la conciencia de un estado de excepción. Las colonias y los barrios se transformaban en territorios donde el pacto de civilidad parecía haberse desquebrajado, los policías eran vistos no como representantes de la ley sino como enemigos letales, la calle no era ya escenario donde el pueblo se concentraba para discutir y tomar decisiones, sino la pantalla de nintendo donde los bárbaros se acostaban entre si utilizando los recursos de la tecnología.

     Al resguardo de una falsa idea de homogeneidad, la ciudad parece fragmentarse en una escabrosa geografía de territorios locales, los ríos que corren a través de esos territorios se abren camino a pesar de obstáculos, son ríos subterráneos cuyo origen y desembocadura no son siempre ajenos, son las formas como lo cotidiano se presenta, los recursos locales de la supervivencia. A la sombra del muro pintado con consignas inútiles, los amantes se besan, se meten la lengua, prueban el sudor de una piel calcinada por el sol ardiente. Bajo las escaleras de un edificio del siglo XVIII –ahora transformado en una vecindad promiscua. Un par de adolescentes se masturban, encuentran en la carne un territorio limpio, un campo exento de peligros vulgares. En ausencia de una utopía, el sexo, se convierte en el lenguaje común de lo cotidiano, se vuelve un refugio, una alternativa que se opone a la idea de temporalidad y por lo tanto, a la noción de futuro. Ni la ciudad platónica, ni la pequeña ciudad florentina, sino la gran concentración humana, no el amor creado por los trovadores medievales, sino el sexo desesperado y ansioso. A la geografía de una urbe como ésta se corresponde un eco semejante. Terrorista porque se ha transformado en el exacto reflejo de la ansiedad productiva, y bárbaro porque ha florecido en el desquebrajamiento total de las formas. Los encuentros amorosos carecen de escenario, sólo el sexo tiene un territorio: se coje en las calles, en las azoteas, en los hoteles curtidos por el eterno mar de secreciones, en las mazmorras de los multifamiliares, en los baños. Sumidos en el denso pantano de una crisis económica –eufemismo desvergonzado– y refractarios a las luces de cualquier utopía, los habitantes de la ciudad de México se entregan al suicida y efímero placer del propio cuerpo.

(Revista Generación, No. 2, tercera época, junio-julio de 1995, pág. 35)

Inauguración y exhumación

Les escribo con placer famélico. Nos complace anunciarles que este blog inaugura y pone a su disposición una nueva bebida en la carta, para que, como saben, se sirvan un trago de: cementerio, nombre de la nueva bebida (sección). El nombre queda hasta encontrar uno mejor.

-Pero, ¿de qué se trata este trago?

A pues verán, hace poco más de un año, "después de intentar, sin éxito, fundar una revista", como definiera el "fracaso" un amigo, y dejar en el olvido inmediato muchas iniciativas y propuestas que, a mi gusto, merecieran rescatarse de alguna forma. Y una de esas formas de rescate, es ésta. Una de las secciones de la frustrada revista consideraba publicar cuentos, ensayos, artículos y demás, que se han quedado en los rincones más polvosos y olvidados de las librerías de donceles, revistas viejas que cerca estuvimos de venderlas por kilo, fragmentos que se han visto enterrados por la fuerza, estruendosa y constrictora, hasta la muerte, del tiempo.

Y vamos ahí, al panteón, la morgue, el camino abandonado o a donde estén, retando heréticamente a la muerte, para traerles a sus pantallas a los mejores Lázaros.

La primer exhumación será la de arriba.

;)