jueves, 10 de marzo de 2011

Sexo Nintendo

Guillermo Fadanelli

Hace poco más de un año, cuando los políticos se drogaban en sus propias palabras celebrando las vísperas  de un país rico, decidí mudarme al centro de la ciudad. Pensaba que esa ciudad iba a desaparecer y que sus aglomeraciones monstruosas iban a colapsarse y a fluir como escombros por las arterias de una gigantesca coladera. Quería estar aquí cuando esto sucediera.

     Pronto me di cuenta que la espera de un final era en sí misma una falacia, vivíamos más bien una especie de sopor colectivo: el sentimiento de que el final había sucedido hacía ya mucho tiempo flotaba en el aire ennegrecido de las calles, sobre las aceras percudidas y las espaldas de los muertos que sonreían con sus dientes blancos y refulgentes.

     Esa visión apocalíptica de mi propia ciudad era un recurso estético; desligado de cualquier tipo de responsabilidad, rescataba lo único de lo que al parecer quedaba de esta despiadada concentración urbana: el placer de su muerte. No había en ello tragedia sino la conciencia de un estado de excepción. Las colonias y los barrios se transformaban en territorios donde el pacto de civilidad parecía haberse desquebrajado, los policías eran vistos no como representantes de la ley sino como enemigos letales, la calle no era ya escenario donde el pueblo se concentraba para discutir y tomar decisiones, sino la pantalla de nintendo donde los bárbaros se acostaban entre si utilizando los recursos de la tecnología.

     Al resguardo de una falsa idea de homogeneidad, la ciudad parece fragmentarse en una escabrosa geografía de territorios locales, los ríos que corren a través de esos territorios se abren camino a pesar de obstáculos, son ríos subterráneos cuyo origen y desembocadura no son siempre ajenos, son las formas como lo cotidiano se presenta, los recursos locales de la supervivencia. A la sombra del muro pintado con consignas inútiles, los amantes se besan, se meten la lengua, prueban el sudor de una piel calcinada por el sol ardiente. Bajo las escaleras de un edificio del siglo XVIII –ahora transformado en una vecindad promiscua. Un par de adolescentes se masturban, encuentran en la carne un territorio limpio, un campo exento de peligros vulgares. En ausencia de una utopía, el sexo, se convierte en el lenguaje común de lo cotidiano, se vuelve un refugio, una alternativa que se opone a la idea de temporalidad y por lo tanto, a la noción de futuro. Ni la ciudad platónica, ni la pequeña ciudad florentina, sino la gran concentración humana, no el amor creado por los trovadores medievales, sino el sexo desesperado y ansioso. A la geografía de una urbe como ésta se corresponde un eco semejante. Terrorista porque se ha transformado en el exacto reflejo de la ansiedad productiva, y bárbaro porque ha florecido en el desquebrajamiento total de las formas. Los encuentros amorosos carecen de escenario, sólo el sexo tiene un territorio: se coje en las calles, en las azoteas, en los hoteles curtidos por el eterno mar de secreciones, en las mazmorras de los multifamiliares, en los baños. Sumidos en el denso pantano de una crisis económica –eufemismo desvergonzado– y refractarios a las luces de cualquier utopía, los habitantes de la ciudad de México se entregan al suicida y efímero placer del propio cuerpo.

(Revista Generación, No. 2, tercera época, junio-julio de 1995, pág. 35)

No hay comentarios:

Publicar un comentario