Corría el día 28, por la tarde, de un mes que, para el caso, es inútil conocer. Si acaso, lo importante, es que estaba cerca de la alameda central. Av. Hidalgo y Reforma, cerquísima del Templo de San Hipólito, o, mejor conocido como el Templo de San Judas Tadeo. Día 28 de mes y en el Templo de San Judas, se imaginarán. En mi trayecto a pie, con un cigarro encendido, desde el eje central hasta el metro Hidalgo, perdí la cuenta mil veces de cuántas imágenes de San Judas y cuántas veces, si fuera creyente, tendría que haberme persignado.
Mil sanjuderos, con camisas blancas de tirantes, con los pantalones metidos en los tenis, con escapularios en el pecho, con gorras hasta el cielo, con peinados cortos, de copetito estilo daddy yankee, de lentes oscuros; mil sanjuderas, de blusas rosas, con brillantitos, con pantalones muy pegados, con flecos como alfombra vieja: duros y de colores desteñidos, con maquillaje blancuzco y brillante en sus ojos; cientos de figurillas, pequeñas, medianas, grandes; un ciento de vendedores: playeras, figuras, gorras, lentes, cigarros y dulces, elotes y esquites, porno, escapularios de San Judas, estatuillas de San Judas, cuadros de San Judas, playeras de San Judas, gorras de San Judas... todo de San Judas.
Llegué, después de todo (San Judas), al lugar al que me dirigía. Era tarde, apagué mi cigarro y entré. Me encontré con J., me sonrió, la saludé y le sonreí. En la sala, blanca e iluminada, espaciosa y de techo alto, todos los ahí sentados, escribían. El lugar era otro, el espacio, las caras y las ropas muy distintas que las de afuera.
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| El Secreto, David Alfaro Siqueiros. |
Todos escribían, leían, miraban al vacío, u observaban una imagen. Yo seguía sin entender. Se acercó a mí J. y me explicó: Estamos haciendo un ejercicio, debes escribir algo, es libre, pero —ahí volteó y preguntó quién ya había terminado y recogió dos imágenes—, debes apoyarte en esto —me las acercó—. Elegí una, era El Secreto de Siquieros, imagen de una pintura que no conocía. Y, —añadió— debes incluir una palabra —buscó en un libro de, supe después, María Baranda—, la debes significar. La palabra fue cypria.
Vaya desmadre, esa cosa qué era. En fin, me arranqué y salió esto:
Las paredes de herrumbre, la mesa desvencijada, la silla chirriante, las esquinas polvosas, llenas de ollín. El color herrumbroso de las paredes hacían que la vela, colocada en el centro de la mesa, reflejara una luz mortecina, humente. La sombra de la mano bailaba en su rostro, hundido y petrificado.
El vaho frío de Z recorre punzante el oído, la espina dorsal la estremece. Z susurra en la penumbra, escondido, por la espalda. El susurro golpea una pared de herrumbre. La otra. Se devuelve. Baja de tono. Golpea de nuevo la herrumbre. Sube de tono. Regresa. Baja. Vuelve. Sube. El eco profundo, galopante. Se cuela en sus oídos. Regresa al susurro. El susurro sale. Salta. Inunda.
La luz, temblenque y rojiza danza; sonora, mortecina.
Sus ojos se pierden, abismales. La mano en su oído detiene el vaho. El sonido crece. Lo abraza, penetrante. Su frente suda, sus manos tiemblan.
Z continúa susurrando. Se detiene. Mira los ojos de su receptor. Se mira en ellos tendido. Se mira acabado. Se siente detrás. Se sabe perdido.
Cypria, de ojos perdidos. Z, de labios cerrados, confundido. Ha dejado ya de susurrar. Cypria de ropas manchadas, de manos rojizas. Z levanta la mano, se queda tendido. Cypria, con su mano temblando en su rostro. Cypria llora por Z. Z no puede, sus ojos se apagan, sus labios se secan, su mano se cierra. Cypria fundido, desbordado. Pierde su mano. Pierde su Z. Pierde su manto, su Z y su llanto. Z inhala. Cypria dispara.

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