O el último poema de un poeta que prefirió el silencio para tomar la calle*
Por José Kruse
El silencio es la frontera de la palabra. Así como la muerte es una posibilidad inevitable de la vida, el silencio no puede desprenderse y existir separado de la palabra, muestra “los límites de ese lenguaje y la existencia de algo que por todas partes lo rebasa.”[1]
Resulta significativo, más allá de la nota periodística, considerar el vuelco de un poeta hacia el abandono de la poesía. Después del asesinato del hijo de Javier Sicilia y otros jóvenes más, éste, ante los asistentes a una convocatoria exigiendo justicia por el asesinato de su hijo, dijo: la poesía no existe en mí. Ante esto, ¿qué puede significar el abandono de la palabra en un país que se inunda de violencia y muerte?
La palabra es cualidad exclusiva del humano, y no la comparte con nadie. La palabra tiene una “función simbólica, esto es, la posibilidad de referirnos a las cosas por medio de signos que la suplan, constituye la esencia del lenguaje discursivo.”[2] El símbolo re-presenta la cosa, sustituye el mundo vivido, proyecta la realidad, identifica un fenómeno que ya ha aparecido. El lenguaje discursivo, dice Luis Villoro, no habla de un mundo vivido sino de un mundo representado.[3] El lenguaje discursivo ideal no tendría que suponer variables, elimina la singularidad de las cosas y para ello necesitaría abstraerse de la subjetividad, para así, comunicar la realidad tal cual.
Sin embargo, por poner un ejemplo, un perro caminando delante de nosotros no puede ser el mismo siempre, pero sí hay siempre elementos insólitos, singulares. Para expresar el significado del mundo que nos rodea, en este caso, el perro caminando, podríamos recurrir a dos cosas. La primera, significar el andar del perro en sí mismo, la cosa en sí, independientemente de las sensaciones personales; la segunda, mostrarlo tal cual se presenta ante nosotros.
No es opuesto que, por un lado, la palabra discursiva, que identifica algo con otro ya aparecido mediante una estructura lógica que determina la compatibilidad y permite, a su vez, la recognición de ese algo; con la ruptura que, por otro lado, representa la negación del significado discursivo que presenta ese algo como es vivido, por quien, retomando el ejemplo anterior, mira andar al perro, convirtiendo el fenómeno en algo inusitado. Y es este caso último que, prescindiendo de la recognición, representa un acercamiento a lo desconocido y a la fascinación, siendo ésta la posibilidad de la poesía, la danza, la música y las demás expresiones que niegan las significaciones invariables que encarna la palabra discursiva. Posibilidad como la muerte para la vida. Una relación simbiótica que a pesar de la contradicción que se da en su seno, no anula la existencia de las dos. Si la palabra discursiva está de un lado, la poesía, no está al opuesto, sino entre la anterior y el silencio. La poesía juega una suerte de mediación.
El silencio, anota Villoro, “significa en cada contexto algo distinto, pero además añade a ese significado un matiz propio: que la palabra no es adecuada al modo como las cosas en torno se presentan [y como se enfrentan], que no puede figurarlas con precisión.”[4] Para reflexionar sobre el abandono de la palabra, el silencio de Sicilia, es adecuado usar el silencio como elemento significativo, en el que la palabra es limitada y la situación enfrentada la desborda.
El silencio, cuando se enfrenta a la situación, como Sicilia, se convierte en un vuelco que no describe la palabra, sino la pulsión. O, ¿negaríamos que el dolor y la muerte son situaciones que ninguna palabra puede significar?, y cuando ese “dolor” y “muerte” ronda a lo largo y ancho del país, ¿qué pasa?
El silencio además de reemplazar la palabra, sustituye también, la muerte y su situación de la cual la palabra fue incapaz de re-presentar. Cómo iba a hacerlo, si la realidad reproduce muertos por doquier. La realidad excede toda re-presentación.
Los significados del silencio resultan distintos en cada contexto, en éste, enmarcado en la exigencia de “ya basta” y de justicia, se vuelve resistencia. Muchas voces silenciadas se atraen espontáneamente a quien simboliza sentimientos ante un país que se derrumba.
Lyotard dice que nombrar no es mostrar, la palabra perlocutiva, la de acción fáctica (la del estado o los criminales), nombra las cosas como le conviene, el estado dice: ya basta, sí, pero a los criminales, y no a quienes los combaten. El preludio del silencio, hablando de la misma cosa, dirá:
"El mundo ya no es digno de la palabra
Nos la ahogaron adentro
Como te (asfixiaron),
Como te
desgarraron a ti los pulmones
Y el dolor no se me aparta
sólo queda un mundo
Por el silencio de los justos
Sólo por tu silencio y por mi silencio, Juanelo".
La pregunta inicial vuelve, ¿qué puede significar el abandono de la palabra en un país que se inunda es de violencia y muerte?, o ¿qué significa abandonar la palabra cuando la fuerza del estado de cosas la ha desbordado? La palabra, la poesía y el silencio, son únicos del humano, pero son también elementos de apropiación. Dejar la palabra, para hacer que el silencio crezca en avalancha, hasta el estruendo. Dejar la palabra, abandonarla, para apropiarse del “silencio de los justos” y hacer frente a la presencia misma de un país que se ahoga. Dejar la palabra para tomar la calle. Por la palabra, el silencio, quizás, volverá después.
[1] Villoro, Luis, La significación del silencio y otros ensayos, México, D.F., UAM, 2008, p. 69.
[2] Ibíd. p. 50.
[3] Ibíd. p. 55.
[4] Ibíd. p. 66
No hay comentarios:
Publicar un comentario