Hoy ahora sí andamos bien latinoamericanos. En la entrada de abajo recomendaba a Lemebel, chileno; y en esta contaré algo sobre Paaaz, Senel Paz, escritor cubano.

Para que voy a decir mentiras. Siempre hay alguien o algo que nos recomienda cosas, libros, música, ideas y demás enseres. O van a decir que, al despertar, "la cosa tal" se apareció frente a sus ojos lagañosos (o legañosos, no sé cuál sea la buena). En fin, a Senel Paz no lo conocí, como quizás ustedes sí, por Fresa y Chocolate, sino por un maestro. En particular recomendó un libro de Senel llamado "El lobo, el bosque y el hombre nuevo". Por aquellas fechas fueron de esas veces que uno tiene dinero y puede hacer, beber, ver y comprar varias cosas; entre ellas, libros. Y con la casualidad que muy cerca de donde andaba, la Brigada para Leer en Libertad había montado un formidable, para mi gusto, tianguis de libros. Un día antes había estado investigando sobre ese libro y otros que también recomendó el maestro del que hablé. Tenía en mente comprarlo en Gandhi, el Sótano o el Fondo. Pero me di unas vueltas por el tianguis y, después de encontrarme a una amiga, a un amigo de hace años y otras personas por ahí, me encontré algo que me emocionó, "Senel Paz" decía un libro, aunque con el título distinto al que buscaba, éste se llamaba "En el cielo con diamantes", así como la rola. Exaltado por encontrar uno de Senel, lo tomé, lo miré y lo compré. Cosa que nunca hago, a menos que vaya buscando uno en concreto, regularmente tomo mi tiempo. En la cubierta trasera del libro dice: "dos jóvenes en busca de la amistad y del amor rozan la felicidad en la cuba de Fidel, con canciones de los Beatles como música de fondo." Así es, la novela que, según Senel, "no es el testimonio de una generación, pero sí de sus esencias", se desarrolla en Cuba.
En fin, así fue cómo llegué al libro (¿o el libro a mí?) que ven en la foto de arriba. Lo que voy a hacer no es una reseña del libro, sino poner un fragmento que recordé ante mi ausencia anunciada en la entrada de abajo. El fragmento aquí está:
Abuela, al comprender que yo pronto me iría de la casa, se sintió mal y pidió que la llevaran al hospital. [...] Al cabo de tres días, el doctor Varela, tras consultar con los doctores Rodríguez Quintero y Lino Quirós, eminentes cirujanos, informó que el peligro mayor había pasado y que ya no hacía falta la visita al quirófano: la paciente pasaba a la dieta blanda y se le autorizaron diez minutos de visita. Por la tarde, mamá me llamó a la sala C, cuarto 2, porque abuela quería hablar conmigo y el doctor lo había autorizado. Tras advertirme que no le llevara la contraria en nada de lo que dijera, me empujó al interior de la habitación, y a partir de este instante la escena es en blanco y negro. Yo que entro y abuela que me espera sentada en la cama. Viste las ropas de hospital, de un blanco desgastado, y tiene el pelo suelto, lo nunca visto. Como si acabara de resolver todos sus problemas pendientes y tan sólo le faltara poner orden en el nuestro, su rostro luce tranquilo y relajado. Acércate, dijo, y dame tu manita linda. Así lo hice y comenzó a hablar. Enfermarme ha sido un egoísmo de mi parte; pero he necesitado que me falle el corazón y ver la pelona de cerca para comprender la necesidad de tu partida; al hacer este viaje te estás yendo de casa para siempre, no porque Fidel te vaya a mandar para Rusia o se quiera quedar contigo, ya sé que esas son habladurías, sino porque cuando un hijo sale de su casa, así como vas a salir tú de la nuestra, no importa si para estudiar o para servir en el ejército, ya no regresa más que de visita o porque ha fracasado, y esto último te lo prohíbo; el viaje que vas a emprender, no es tal; es un desgajamiento, una liberación dolorosa pero necesaria; eres un buen hijo y no nos olvidarás, estarás a nuestro lado cada vez que te necesitemos, pero ya no serás nuestro como lo eres ahora, no tendrás un puesto en la mesa, una cama que te pertenece, un jarro en el que sólo puedes beber tú; no serás más una presencia sino un recuerdo, porque a partir de ahora te perteneces a ti mismo, a tus ideales y a la familia que fundes; nosotros somos tu origen, pero no tu meta, y así lo he comprendido durante mi inconsciencia, y lo he aceptado. Calló por un rato, fatigada por el esfuerzo que hacía. Durante ese intervalo, me fijé en sus ojos empequeñecidos, en las arrugas que iban y venían por su rostro y en una mancha de saliva que había quedado en la comisura de sus labios. Me pareció el rostro más dulce que hubiera contemplado jamás, y sentí que la quería tanto que estaba a punto de echarme a llorar. Ella habló de nuevo. Para que triunfes en la nueva vida que te espera, sólo tengo un consejo que darte: sé decente; yo no tengo estudios, pero puedo confirmarte que esa virtud está por encima de todas las demás y de las ideologías, y que tu corazón te indicará cómo conseguirla; si te mantienes en ella, como no dudo que harás, lo sabremos cada vez que vengas a visitarnos porque nos mirarás a los ojos, y esto nos hará más felices que si has hecho el viaje en carro propio o eres militante del Partido. Suspiró con alivio, pues había terminado. Yo me acerqué y le di un beso en la frente. Qué beso más rico, dijo ella, y la escena recuperó el color.
Bueno, era eso. Por momentos el fragmento me parece cursi, pero ahora que me acuerdo, un tipo con sus años encima se lamentaba: por más que me porto bien no me dejan salir. Y pienso, el problema es doble: que su mamá o papá o quien sea que se asuma por sobre él, no agarran el rollo como la "abuela" y, que éste tipo debe cortarse el cordón umbilical, así, sin más.
Nos vemos
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