Los asuntos de las relaciones son naturalemente irracionales, apenas sobreviven al tiempo gracias a los fragmentos que la memoria tiende a revivir más realistas que otros. Los sentimientos que conllevan se vuelven algo aun más difuso con el tiempo y son moldeados por la nostalgia y el resentimeinto. Se tararea, no el verso ni la música sino la propia experiencia, el transcurso entre lo que sucedió antes y lo que sucede ahora reestimulándose uno mismo esos sentires, como rezando o explicándose la manera del porqué siguen ahí. ¿Será acaso posible que lo primero haya sido tararear la naturaleza (recordarla, como el canto del ave) y luego se haya aprendido a amarla (tallar el ave en la piera)? ¿Se halla uno más identificado con sus recuerdos o con sus actos? ¿Y si la identidad no involucrara ninguna otra identificación más que la de uno con uno mismo? Si todo esto es posible, entonces el encuentro con quien pudieramos identificarnos enteramente sería un milagro, o un augurio de muerte. Tal encuentro con el doppelgänger (el otro yo andante) es casi un asunto de mitos; pero como cada mito, tiene el poder de hacernos preguntar en lo más hondo del alma: si acaso pudiera existir alguien en quien nuestra alma pudiera reflejarse con tanta correspondencia como frente al espejo.
Recordar y actuar. La vida de cada uno se nutre esencialmente del (lo) otro haciéndolo parte del propio mundo en estos dos, a veces simultáneos, momentos.
Ahora bien, una peli será para todos ustedes, amables cuervos, gentiles cuervas, más vívida que todas mis palabras y mis deseos que en esta oportunidad servirá a todos nuestros visitantes una ronda con excelente bouquet, obra del maestro Krzysztof Kieslowski intitulada La doubile vie de Veronique (la doble vida de Verónica) No desaprobechen un trago tan generoso. Sería grosería.
Att. Uno (siempre dispuesto a ofrecerles lo mejor de la casa) de los dueños de este changarrito de su fina elección.

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